Martes 5 de octubre de 2021

Ser inmigrante y pobre: una ecuación conflictiva

Dra. Marcela Tapia.

Doctora en Estudios de América Latina Contemporánea.

Investigadora del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad Arturo Prat

 


Migrantes, xenofobia y aporofobia son tres conceptos situados en el centro de los violentos eventos sucedidos el fin de semana pasado en Iquique. Cuatro especialistas reflexionan sobre las causas y el trasfondo tras las reacciones desmedidas en contra de un grupo de extranjeros en nuestro país.

El fin de semana pasado, luego de una marcha en contra de los migrantes que están llegando de manera irregular a Iquique, un grupo de personas atacó y quemó las pertenencias de familias extranjeras que pernoctaban en la Plaza Brasil de esa ciudad.
El controvertido hecho provocó el rechazo de gran parte de la ciudadanía nacional (también de la internacional), poniendo nuevamente en el centro de la mirada los conceptos de migración, xenofobia (rechazo al extranjero) y al más reciente término de aporofobia o aversión a la pobreza. Es en los inmigrantes, sobre todo en los refugiados o en los que llegan huyendo de sus países de origen, donde la trilogía de conceptos parece hacer eclosión, provocando reacciones dolorosas y desmedidas.

Pero mirar qué pasa con ese fenómeno obliga no sólo a condenar la violencia y el desenfreno, sino que a revisar parte de las condiciones que provocan esta situación.

Para la trabajadora social y Doctora en Sociología de la Universidad de Concepción, Cecilia Bustos Ibarra, la gravedad y violencia de los hechos ocurridos en el Norte, el fin de semana pasado, son indiscutibles y han puesto a Chile en la mirada de la comunidad internacional. “Además, han generado otro efecto que me parece muy importante: han logrado poner la atención del debate público en la migración y la respuesta del Estado”, sostiene.

Al respecto, desde Iquique, la Doctora Marcela Tapia Ladino señala que la situación es compleja y tiene varias entradas. A su juicio, por ejemplo, la política migratoria en Chile ha sido nefasta. Y si bien aprueba el hecho de que, por fin, luego de 45 años se haya promulgado una Ley de Migración y Extranjería, asegura que este cuerpo legal no recoge del todo las indicaciones en materia de derechos humanos.

“El estándar no cumple del todo. Además, el tratamiento que ha tenido el gobierno respecto a la migración también ha sido tremendamente equivocado; la forma de reaccionar del gobierno ha sido la criminalización de las migraciones, acompañada de un discurso que ha sembrado o promovido este sentido de amenaza con respecto del otro como, por ejemplo, en las constantes y reiteradas afirmaciones que vinculan migración con delincuencia”, sostiene la Directora del Doctorado en Estudios Transfronterizos, del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad Arturo Prat, para quien, la forma de referirse al fenómeno ha sido tremendamente inadecuada.

Tapia asegura que los datos existentes en estudios y libros, señalan que no hay relación entre un fenómeno y otro. “Sin embargo, los personeros de gobierno constantemente han hecho ese vínculo. Por otro lado, el tratamiento respecto del fenómeno del Norte se ha realizado a partir de una mirada tremendamente centralizada, que no ha recogido el sentir ni la situación de las regiones”, dice.

Extranjero versus migrante

Sobre el centralismo, la investigadora pone como ejemplo la primera expulsión masiva de inmigrantes que se realizó en Colchane, con una performance mediática encabezada por el Ministro del Interior y otras autoridades nacionales. “Sin embargo, no recogieron las opiniones ni las experiencias de las autoridades locales como el alcalde de Colchane, ni de los funcionarios que trabajan en el complejo, y tampoco de la academia; por ejemplo, en el Instituto de Estudios Internacionales llevamos 20 años trabajando sobre estos temas”, señala.

Por ello, asegura que, “ante la inacción del gobierno para responder a los requerimientos humanos, la gente se ha cobijado donde ha podido: en la playa, en la Plaza Brasil… en condiciones que evidentemente generan un roce con la sociedad receptora, con los residentes, con los vecinos. Los inmigrantes ni siquiera contaban con baños químicos en esos espacios”.

En la mayoría de los casos, las personas llegan empobrecidas, la mayor parte exhausta, y su situación se va convirtiendo en permanente, “o tienen dificultades para salir porque no tienen recursos para pagar un pasaje que, de Iquique a Santiago, cuesta aproximadamente $40.000. Eso ha agravado la situación, creando un clima de crispación, entre vecinos, entre residentes por la situación que tienen que vivir a diario”.
En tanto Bustos, quien además integra el Grupo Interdisciplinario de Investigación en Derechos Humanos y Democracia (GIIDHD-UdeC), señala que, lamentablemente, lo que ocurre en Chile no es distinto a lo sucedido con grupos migrantes en distintos momentos históricos y en distintos países.

Esto se explica, dice, “porque dejamos de ver al otro u otra, como una persona igual a nosotros/as. Ese otro, mujer y hombre migrante pobre, se convierte en una persona molesta, delincuente, enemigo/a´”. En ese sentido, la académica coincide con Tapia y señala que los comportamientos presenciados el fin de semana pasado, “se basan en mitos y prejuicios que son producidos y reproducidos en distintos espacios: familia, las instituciones educativas, los medios de comunicación, mensajes de las propias autoridades, grupos que promueven discursos de odio- respecto a las personas migrantes como, por ejemplo, `que todos los migrantes son delincuentes´ o `que vienen a quitarnos el trabajo´”.

Esa, señala, es la razón por lo que las personas migrantes son reconocidas por el derecho internacional de los derechos humanos como un grupo sometido a especial vulneración. Es decir, se encuentran más expuestos a vivir experiencias de maltrato y discriminación.

“Es necesario pensar, además, que esto no pasa con cualquier tipo de migración, sino que es mucho más explícito si se trata de migrantes pobres. Esto se hace evidente si pensamos en el lenguaje que utilizamos para referirnos a las personas en función del país de origen. Si se trata de una persona de origen europeo lo denominamos `extranjero/a´, mientras que a las personas provenientes de países de América Latina se le considera `inmigrante´ (migración sur-sur)”, sostiene.

El temor a un igual

Volviendo a lo ocurrido el pasado fin de semana en Iquique, el Doctor Pablo Aguayo Westwood, no cree que la violencia se deba particularmente a la nacionalidad o la clase social de los inmigrantes. “Tengo la impresión de que las personas que participaron de esas acciones violentas comparten la raza (aunque no sé si es el concepto más apropiado), dado que no veo grandes diferencias en términos fenotípicos entre chilenos y venezolanos”, dice.

Para ejemplificar esto, el académico de Filosofía Moral y Teoría de la Justica de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile menciona un video que circuló hace unos días donde una persona abofeteaba a un trabajador vinculado a `Piensaprensa´, grupo que acusó en redes sociales que el agresor era venezolano, cuando en realidad era chileno. Por otra parte, asegura haber visto en esas manifestaciones de violencia a personas que parecían pertenecer a un estrato social similar.

“A lo que voy con todo esto es que las posibles causas de los ataques es el temor a un igual, algo que Hobbes en `El Leviatán´ ya nos había mostrado: el temor nace de la igualdad y de la posibilidad de que el otro usurpe mis bienes. En resumen, las causas serían aquellas vinculadas al miedo al que, en su condición de igual, podría llegar a usar los pocos recursos públicos de los que disponen las personas socialmente más empobrecidas”, asevera Aguayo.

Si bien reconoce que la violencia es multicausal, el Doctor Rodrigo Pulgar Castro destaca como punto focal el Derecho Humano a buscar una mejor vida. “Teniendo presente aquello, debemos evaluar si la buena voluntad de la cual nos vanagloriamos no es más que una muletilla comunicacional, pues lo visto desnuda un comportamiento nacido del más profundo egoísmo”, sostiene el académico del Departamento de Filosofía de la Universidad de Concepción.

“Hay, por cierto, una concepción ideológica que enfatiza aquello. Luego, un discurso político sobre el peligro que el inmigrante supuestamente representa. Ello tiene por efecto violencia. Además, el discurso pretende trasladar la responsabilidad de la injusticia al que carece de lo mínimo, invirtiendo, de paso, la realidad. Así la violencia termina siendo un acto inevitable, buscado incluso, como castigo, al pobre por serlo”, dice Pulgar.

La filósofa española Adela Cortina, quien acuñó el término aporofobia, ha señalado que lo que molesta de los inmigrantes y de los refugiados no es que sean extranjeros, sino que sean pobres. Pero, ¿de dónde nace la aversión y el miedo a los pobres, de qué se nutre la aporofobia?

Pulgar señala que Cortina denuncia un proceso que anula la compasión y empatía generando el rechazo al pobre. “Lo que ahí se revela es una aproximación, incluso, a los propios temores: miedo a la inestabilidad que implica, por ejemplo, descubrir que no se está solo en el mundo, eso rompe la certeza vital. Darse cuenta de aquello genera, en algunos, una reacción de defensa, pues no aceptan que existen otras formas de vida que cuestionan las suyas. La pobreza, además, desnuda la fragilidad, el miedo a vivirla o a reconocerla ahí en ellos mismos, tanto como la exclusión de la cual, sospecho, no pocos de quienes agredieron, la viven a diario”, dice el filósofo.

Aguayo, en tanto, no cree que aquí se produzca una tensión “entre euporos/aporos (åὐìðïñïò/ἀìðïñïò), entre el poderoso y el empobrecido, como denunció Demoìstenes en el discurso Contra Midias. Se da más bien una aversión entre iguales que parecen competir por algo común, a saber, unos mínimos recursos para poder llevar la vida adelante”.

A su juicio, “quienes están en las posiciones más aventajadas, de hecho, se nutren de la inmigración, pagan peores salarios, tienen a trabajadores atemorizados, no respetan las leyes laborales, contratan en condiciones de precariedad y un largo etcétera”.
Aguayo también sitúa la aversión al pobre en la vinculación causal entre pobreza y delincuencia. “En esto, los medios de comunicación no ayudan mucho cuando en sus titulares enfatizan que tal o cual hecho de violencia fue realizado por una persona extranjera. En términos estadísticos esto no es real, pero ya sabemos que las noticias falsas venden más. La criminalización de la pobreza podría ser la principal causa de la aversión al pobre”, dice en una línea similar a lo señalado por Tapia.

 

Ayudar al crecimiento de la población

En general las migraciones, históricamente, han sido favorecedoras de distintos procesos, de crecimiento de población, sostiene Tapia. “En el caso de Europa, en España, Italia, la migración ha venido a revitalizar el mapa demográfico, producto del creciente envejecimiento de la población. Lo mismo está ocurriendo en Chile. En ese sentido, las sociedades receptoras se ven favorecidas con la llegada de inmigrantes porque la mayoría de quienes viajan o emprenden esta migración son personas jóvenes, en edad productiva y reproductiva. Se estima que más del 30% de las personas que ha ingresado por pasos no habilitados, son niños y bebés”, dice.

Por ello, señala que lo negativo se debe a una gestión inadecuada del fenómeno “o que vaya en una dirección equivocada que, por ejemplo, avive el nacionalismo o el derecho de uno respecto de otro, y que produce estas confrontaciones que hemos visto”.
Ella recuerda que los migrantes son, en su mayoría, producto de un desplazamiento forzado. Llegan huyendo del hambre, de la situación política o de las crisis que se viven en distintos países de América Latina. “Hasta el día de hoy no existen locales, refugios, para recibirlos, sólo algunas organizaciones religiosas y recursos de los voluntarios de organizaciones que hemos ido aportando para conseguir hostales donde se puedan quedar de manera temporal, mientras conseguimos recursos para que viajen a Santiago porque, después del fin de semana, hay mucho temor de parte de ellos a salir a la calle a trabajar, limpiar vidrios, etc.”, sostiene.

Coincidentemente, Bustos se refiere a la necesidad de generar, pronto, una respuesta articulada del Estado chileno. “Es importante no perder de vista que las políticas que se generen deben ser políticas de estado y no de gobierno; deben respetar las obligaciones internacionales en términos de derechos humanos, y deben ser coherentes con los desafíos de la denominada `gobernanza migratoria´, tanto a nivel internacional como nacional. Las políticas sociales, programas y acciones que se diseñen deben considerar los derechos humanos, el respeto a la diversidad y promover la cohesión social”, asevera la trabajadora social.

De acuerdo a su experiencia, señala que “contamos en el país con expertas y expertos en temas de migración, contamos con abundantes experiencias comparadas a nivel internacional que nos permiten identificar buenas prácticas, existen los lineamientos y orientaciones de los organismos internacionales como las Naciones Unidas, existe una sociedad civil dispuesta y organizada que ha estado apoyando a las personas migrantes ante la ausencia de respuestas adecuadas del Estado; lo que nos falta, lamentablemente, es la voluntad política del gobierno y de las autoridades”.

Recomponer la herida

Tapia reflexiona sobre la importancia, de parte de las autoridades, de erradicar el discurso que alimenta la xenofobia. “Eso parte de un racismo estructural que tiene Chile, un racismo social muy instalado. Esta idea de sentirnos superiores dentro de América Latina y jerarquizar los derechos de unos respecto de otros. Esa jerarquización está en la base del racismo y pasa a niveles de violencia y xenofobia”, dice y asegura que “no solo sirve que haya políticas sociales adecuadas, sino también una sensibilización de la población respecto del respeto de los derechos de las personas y que, ese respeto no supone el menoscabo del respeto de los residentes”.

Bustos es optimista. Para ella, la sociedad civil ya está en camino de recomponer la herida causada por acciones como la ocurrida este fin de semana en Iquique. “Hemos visto reacciones de rechazo a la violencia y la emergencia de importantes iniciativas de apoyo y colaboración. Pero es importante que esto no sea sólo reactivo, sino que se fortalezcan redes de apoyo y acompañamiento desde la sociedad civil que estén articuladas en un trabajo más permanente y planificado”.

Por ello, sostiene que la primera acción urgente es garantizar un trato humanitario. “Las familias siguen durmiendo en la calle, sin acceso alimentación ni acceso a servicios básicos; es evidente que el primer paso es permitir condiciones dignas mediante un programa de atención en el contexto de una emergencia humanitaria. Pero la respuesta real implica una respuesta del Estado, contar con una política migratoria integral, con organismos responsables que cuenten con presupuesto apropiado, con una normativa adecuada, con programas que promuevan la igualdad, la no discriminación y el respeto y valoración de la diversidad”, asegura.

Aguayo propone un paso previo: “Primero se requiere de una disculpa pública de parte de quienes son los responsables políticos de esta situación”. Luego coincide con Bustos y Tapia, señalando que es urgente ofrecer condiciones sanitarias y de alimentación a quienes se les han quemado sus bienes. “Sobre todo, dar protección a los niños, niñas y adolescentes que son los más afectados y menos responsables de esta situación. Finalmente, deberíamos tener una conversación sincera sobre el manejo de la inmigración, sin caricaturizar ni inventarnos hombres de paja para discutir”.

Pulgar pone el acento en que, en la ciudad contemporánea, conviven códigos lingüísticos y morales diferentes, éticas contrapuestas, riqueza de creencias, formas de fe, la estética del día a día, el flujo peatonal, experiencias comunes que enriquecen el espacio vital. “Si bien todo aquello tensiona éticamente la existencia, es gracias a esta tensión que la libertad de crear espacios de humanidad se convierte en real”, dice.

Para él, es la tensión de la existencia la que nos lleva a “resignificarnos como personas, dando por resultado una ciudad en constante expansión. De ahí la necesidad del diálogo para hallar puntos de encuentro, espacios comprensivos comunes sobre el significado que implica compartir historias traídas, memorias, herencias y mestizaje que dan vitalidad a los territorios”.

 

 

 


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