Títulos y decepciones: cuando estudiar más no garantiza un mejor trabajo

Claudio Sanhueza Arratia
8 de junio 2026
Sede Victoria

Por Claudio Sanhueza Arratia, Académico de la carrera de Kinesiología en la Universidad Arturo Prat Sede Victoria

El reciente estudio del Centro de Estudios Públicos (CEP) nos devuelve a una realidad incómoda pero necesaria de mirar; en Chile, tener un título universitario o técnico ya no es sinónimo de ascenso social ni de salario digno. El diagnóstico es claro: el subempleo por calificación es preocupante, afecta sobre todo a hombres y ha crecido en paralelo con la masificación de la educación superior.

Pero vayamos más allá del dato frío. ¿Qué significa realmente que un profesional termine conduciendo un taxi, atendiendo un local de comida rápida o realizando tareas administrativas básicas? Significa que el sistema está fallando en dos extremos; por un lado, el mercado laboral no genera suficientes puestos de alta calificación; y por otro, la formación académica –muchas veces endeudada a través del CAE o incluso “gratis”– no asegura competencias realmente demandadas.

El propio estudio señala una paradoja de la última década, ya que, a más acceso a la Educación Superior, más expectativas salariales y más fuerza laboral calificada… pero no más empleos de calidad. Así, un ingeniero recién titulado puede ganar lo mismo o menos que un técnico especializado, o un licenciado en humanidades puede terminar haciendo labores que no requieren ni la mitad de los años que invirtió en las aulas.

El subempleo no es solo un problema de estadísticas. Es la desilusión silenciosa de miles de personas que creyeron en el esfuerzo individual, en la promesa de que “estudiando se progresa”, lo que también es una bomba de tiempo para la cohesión social; en donde cabe preguntarse, ¿hasta cuándo un país puede sostener la ficción de que cualquier carrera es una buena inversión?

Y ojo, que además el informe señala que el subempleo afecta mayoritariamente a los hombres, pero eso no nos debe hacer perder de vista que las mujeres enfrentan otras brechas, como la informalidad y la precariedad laboral. El subempleo, en cualquier caso, es un lujo que ningún sistema productivo serio puede permitirse.

Entonces, ¿qué hacer? No se trata de desincentivar el acceso a la Educación Superior, sino de repensar su calidad, pertinencia y vinculación con el mundo laboral. Se necesitan políticas activas de empleo que conecten talento con oportunidades reales y, sobre todo, urge una conversación honesta con las nuevas generaciones, admitiendo que estudiar es valioso, pero no mágico. Sin una economía que genere trabajos decentes, los títulos solo se convierten en papeles con sellos, pero sin futuro.

La conclusión del CEP debería encender alarmas en el Ministerio de Educación, en las universidades y en las empresas, porque si seguir preparándose no sirve para conseguir un mejor puesto, entonces el mérito y el esfuerzo empiezan a sonar a mentira, y cuando las promesas del progreso individual colapsan, toda la sociedad termina pagando la cuenta.


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