En Alto Hospicio . Entre juegos y telares, las niñeces descubren la lengua aymara
En el Colegio Metodista Robert Johnson, niñas y niños participan cada sábado en un nido lingüístico que recurre a juegos, canciones y tejidos para acercarlos a la lengua y la cultura aymara.

“Me parece genial aprender más sobre los aymaras y saber sobre su cultura”, cuenta Mateo Soto, de 8 años, quien cada sábado llega al Colegio Metodista Robert Johnson junto a su hermano Máximo para participar en el nido lingüístico. Entre juegos, canciones, palabras y telares, ambos han ido descubriendo una lengua y una cultura que despiertan su curiosidad.

Andrea Gutiérrez, de 7 años, también disfruta el taller, especialmente las actividades de tejido. Son experiencias sencillas, pero responden a un propósito mayor, acercar la lengua aymara a las nuevas generaciones y generar espacios donde las niñeces puedan conocer y valorar estos saberes.

El nido forma parte del proyecto “Mujeres y Niñeces Indígenas: Transformando Entornos”, desarrollado por la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Arturo Prat junto con el Programa Originarias de ONU Mujeres.
APRENDER DESDE EL JUEGO

El trabajo en el nido de Alto Hospicio está a cargo de Novelia Amaru, profesora de Lengua Indígena en Educación General Básica. En la iniciativa también participa Marisela Challapa, profesora de Educación Intercultural Bilingüe.
En su segundo año de participación en los nidos, Novelia explica que el aprendizaje se desarrolla mediante metodologías cercanas a niñas y niños. “Estamos trabajando la gamificación para la enseñanza del aymara como segunda lengua”.
Los juegos se complementan con elementos culturales, como el tejido, que permiten convertir las palabras y los conceptos aprendidos en una experiencia concreta. “Espero que los niños puedan sentirse orgullosos de su lengua, de sus raíces y de su familia”.
El aprendizaje también llega a los hogares. “Algunos estudiantes reconocen palabras que han escuchado de sus abuelas o familiares y las relacionan con lo aprendido en clases. Además, el telar se convierte en un puente entre el colegio y la familia”, relata.
LENGUA QUE NECESITA TERRITORIO

Para Marisela Challapa, enseñar una lengua indígena implica considerar tanto el territorio como el núcleo familiar. “Para trabajar la lengua es importante el territorio y también el núcleo familiar, porque ellos son quienes potencian el incentivo para que nuestros niños aprendan”.
La profesora reconoce que el contexto urbano presenta desafíos, pero destaca la positiva recepción de los estudiantes. Algunos mantienen vínculos con la cultura aymara, mientras que otros se acercan a ella por primera vez. “Esperamos que estos niños se identifiquen con su identidad originaria”.

Otro desafío es la escasez de materiales pedagógicos para enseñar la lengua y la cultura aymara. Por ello, las educadoras deben crear sus propios recursos, juegos y actividades.
UNA EXPERIENCIA QUE SE SOSTIENE CON LAS FAMILIAS

Hazel Barahona, académica de la Facultad de Ciencias Humanas y coordinadora de los Nidos Lingüísticos en Lengua Aymara, explica que el trabajo desarrollado en el Colegio Metodista Robert Johnson integra el juego y elementos tradicionales de la cultura andina.
La académica explica que la participación se ha mantenido constante y reúne a estudiantes con distintas historias. Algunos son aymaras y otros no, pero todos muestran interés por aprender la lengua y acercarse a sus tradiciones. Añade que la iniciativa busca que reconozcan la convivencia de distintas lenguas en el territorio y despierten su interés por aprenderlas.
El nido del Colegio Metodista Robert Johnson forma parte de una experiencia que también se desarrolla en la Escuela Chipana, en Iquique, y en la localidad de Quipisca. En cada sede, las metodologías se adaptan a las características del territorio.

Para Michelle Espinoza Lobos, coordinadora general del proyecto, los nidos lingüísticos van más allá de recuperar una lengua. “Los nidos lingüísticos no los podemos mirar solamente como un rescate o una revitalización lingüística. Para nosotros es mucho más que eso”, sostiene.
“A través de la lengua también podemos conocer tradiciones, conocimientos y valores culturales”, agrega.

Finalmente, la directora del proyecto y decana de la Facultad de Ciencias Humanas, doctora Marcela Quintana, destaca que esta experiencia vincula educación, identidad y territorio. “Estos nidos nos recuerdan que una lengua también es memoria, identidad y una forma de comprender el territorio. Como Universidad, nuestro desafío es acompañar estos procesos y generar espacios donde las nuevas generaciones puedan conocer, valorar y mantener vivos estos conocimientos y culturas”.
El desafío no termina con la enseñanza de una lengua. Consiste en lograr que las niñeces pregunten por ella, la reconozcan en sus familias y encuentren en esos aprendizajes una conexión con sus raíces.
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