El Nuevo Mapa de la Empleabilidad: La Evolución del Panorama de Competencias
Columna de opinión escrita por Claudio Sanhueza Arratia, Académico de Kinesiología de la Universidad Arturo Prat Sede Victoria

La actualidad se encuentra marcada por el advenimiento de la cuarta revolución industrial, también denominada Industria 4.0, un fenómeno global que redefine los paradigmas socioeconómicos y, de manera particular, los sistemas educativos (Chabukswar, 2024). Este proceso, se caracteriza por la convergencia de tecnologías digitales, físicas y biológicas; la automatización de procesos, la digitalización masiva y la transformación en los modos de analizar y gestionar la información.
Este contexto, ejerce una influencia directa y profunda en los perfiles profesionales, las competencias y las habilidades demandadas por el mercado laboral. La forma en que estas se desarrollan depende cada vez más de la agencia del propio trabajador, en un equilibrio crítico entre las denominadas hard skills (competencias técnicas) y soft skills (competencias transversales). Los puestos de trabajo emergentes requieren, con creciente énfasis, cualidades como la iniciativa, la creatividad, el liderazgo, el pensamiento crítico y matices propios de metodologías como el design thinking.
En consecuencia, los sistemas de Educación Superior enfrentan la necesidad imperiosa de una profunda transformación —una verdadera “metamorfosis cultural”— para garantizar su relevancia en entornos dinámicos y demandantes, en donde la clave reside en fomentar la adaptabilidad y la capacidad de respuesta ante la complejidad.
Dentro de las organizaciones, resulta crucial que la fuerza laboral cultive capacidades para un desarrollo continuo y permanente. Esto implica un crecimiento exponencial de las capacidades humanas, en lo que se ha conceptualizado como un “panorama de competencias en evolución” (evolving landscape of skills). Este enfoque debe ser actual, contemporáneo y prospectivo, situándose a la vanguardia de lo que los sistemas productivos requieren en una era de revolución multidimensional. Nos hallamos pues, en un entorno dinámico de competencias sujeto a una transformación constante (Fostering Resilience and New Skillsets in a Rapidly Evolving World | Digital Skills & Jobs Platform, 2025).

La globalización, entendida como un fenómeno de desarrollo integral y multidimensional, obliga a adoptar de manera ágil y sistemática nuevas formas de trabajo. Es esencial comprender que los puestos de trabajo contemporáneos poseen una estructura compleja que los define. En este sentido, limitar el trabajo a tareas estandarizadas dentro de un puesto funcional rígido, y tomar decisiones sobre las personas basándose únicamente en su posición jerárquica, obstaculiza objetivos organizacionales fundamentales en la actualidad: la agilidad, el crecimiento y la innovación; la diversidad, la inclusión y la equidad; más la capacidad de ofrecer una experiencia laboral positiva (The Skills-Based Organization, 2025).
En el caso específico de Chile, la evolución de las habilidades laborales se orienta hacia la digitalización, el fortalecimiento de las soft skills y la adaptabilidad, como respuesta a la automatización y a la volatilidad del mercado. No obstante, se enfrenta un significativo desajuste de competencias (skills gap) entre la formación que provee el sistema educativo y las necesidades reales de las empresas. Esta brecha impulsa la urgencia de fomentar la formación continua, la reconversión digital (reskilling) y la mejora de la capacitación técnica, con el fin de incrementar la productividad, reducir el desempleo y la rotación laboral (Technology, jobs, and the future of work | McKinsey, 2025).
Tradicionalmente, el debate sobre el futuro del trabajo ha estado teñido de una mezcla de fascinación y temor, como si se tratara de un evento externo e inevitable. Sin embargo, una metáfora reciente, atribuida a Jansen Kraaßenbrink y ampliamente difundida en redes profesionales, propone un marco conceptual más potente y propositivo: “El futuro del trabajo no se espera. Se diseña”. En esta frase, se condensa una filosofía de acción proactiva frente a la incertidumbre laboral contemporánea.
Algunos elementos asociados a esta idea, objeto de amplia discusión, clasifica las habilidades necesarias para 2030 en cuatro categorías, estableciendo un eje entre lo esencial actualmente y lo que será indispensable en el futuro próximo. Esta representación funciona no como una mera predicción, sino como un mapa de navegación estratégico. Las denominadas “habilidades básicas para 2030” —aquellas que, siendo ya fundamentales, ganarán aún más relevancia— no son exclusivamente técnicas. Incluyen, junto a la programación y el manejo de datos, la alfabetización en sentido amplio (comprensión, categorización, análisis) y la capacidad de trabajar colaborativamente. Esto subraya que, pese al avance de la inteligencia artificial, la inteligencia colectiva humana permanece como un elemento insustituible.
Resulta particularmente revelador las “habilidades emergentes”, donde se sitúan competencias que hoy pueden parecer secundarias o de nicho, pero cuyo crecimiento se proyecta como sustancial. El mensaje es claro: la ventaja competitiva futura no radicará únicamente en dominar lo establecido, sino en la capacidad de detectar y cultivar lo naciente. Simultáneamente, otras habilidades se mantendrán “estables” como pilares perdurables, mientras que un último grupo quedará “fuera de foco”, advirtiendo sobre los riesgos de una obsolescencia silenciosa.
La relevancia de este análisis trasciende lo académico. La incorporación de datos, como el porcentaje de empleadores que ya anticipan estos cambios, lo convierte en un termómetro del pensamiento corporativo vigente. El futuro se está planificando activamente en los departamentos de Recursos Humanos y en las estrategias de negocio, lo que plantea una pregunta incómoda: ¿nos encontramos nosotros, como profesionales, en nuestro propio comité de diseño?
La proliferación y alto nivel de interacción con este contenido, en plataformas como LinkedIn, reflejan una sed colectiva por comprender y prepararse para lo venidero. No obstante, existe el riesgo de que el “engagement” o compromiso se limite al consumo pasivo de pronósticos, sin traducirse en acción concreta. Diseñar el futuro profesional propio exige un autoexamen honesto: ¿en qué cuadrante del mapa asociado a mi perfil profesional se sitúan mis competencias? ¿Estoy invirtiendo en lo emergente o me aferro a lo que podría quedar obsoleto?
En definitiva, el valor primordial de este tipo de marcos conceptuales no reside tanto en la precisión predictiva —que el tiempo se encargará de validar—, sino en su potencia para transformar mentalidades. Nos desplaza del rol de espectadores pasivos al de arquitectos activos. El mensaje final es a la vez esperanzador y exigente: el panorama laboral de 2030 no será un paisaje que simplemente encontremos, sino un terreno que, en buena medida, podemos y debemos ayudar a construir. La herramienta fundamental para emprender este diseño no es un software específico, sino la decisión consciente de aprender, desaprender y reimaginar continuamente nuestro propio valor en el mundo por venir.
La cuarta revolución industrial no es un destino, sino una travesía; y en esta navegación por aguas de incertidumbre tecnológica y mercados laborales volátiles, las universidades emergen no como faros estáticos, sino como astilleros dinámicos, diseñando las naves y formando a las tripulaciones que enfrentarán mares desconocidos. Su misión ha trascendido la transmisión de un corpus de conocimiento, para transformarse en la construcción de capacidades humanas resilientes y prospectivas.
El desafío es mayúsculo. Como advierte el World Economic Forum (2020), para 2025, 85 millones de empleos pueden ser desplazados, mientras surgen 97 millones de nuevos roles, exigiendo un reequilibrio de habilidades. En este contexto, la Educación Superior debe operar una metamorfosis pedagógica. Ya no es suficiente formar en lo conocido; se debe cultivar la agilidad cognitiva. Esto implica un giro desde currículos rígidos hacia ecosistemas de aprendizaje permanente, donde, como señala Scott (2021), “la Universidad exitosa será un nodo en una red de aprendizaje a lo largo de la vida, no el punto final de un proceso educativo”.
La narrativa del futuro del trabajo, a menudo dominada por el miedo a la automatización, encuentra en la Universidad su contraparte constructiva. Su rol es humanizar la disrupción. Esto se logra integrando de manera explícita las denominadas soft skills —pensamiento crítico, creatividad, inteligencia emocional— con las competencias técnicas más demandadas. La tesis es clara: mientras las máquinas optimizan tareas, el valor humano distintivo radica en la capacidad de juzgar, crear, conectar y liderar (Deming, 2017). La Universidad es el taller donde se forja este valor añadido.
Este nuevo mandato exige alianzas profundas. La Universidad no puede diseñar en solitario, debe co-crear con la industria, los gobiernos y la sociedad, convirtiéndose en un laboratorio vivo (living lab). En estos espacios, como propone Mathews (2022), los estudiantes confrontan problemas reales, aprenden a fallar de manera productiva y desarrollan la mentalidad de diseño necesaria para abordar desafíos complejos. La experiencia universitaria, por tanto, se redefine: deja de ser una preparación para el trabajo y se convierte en una inmersión en el trabajo del futuro.
En síntesis, el llamado para la Educación Superior es ambicioso. Debe trascender su función tradicional para asumir el papel de arquitecta de la empleabilidad futura. Su éxito, ya no se medirá únicamente por la titulación, sino por su capacidad para habilitar a los individuos para aprender, desaprender y reinventarse continuamente. En un mundo donde el único constante es el cambio, la verdadera graduación universitaria es, en última instancia, la certificación de una capacidad de aprendizaje infinita.
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