Formar para aprobar o formar para transformar: una reflexión desde la Enfermería y la docencia

Por Carla Ramiro Jara, Académica y Magíster en Educación y gestión de la calidad de la carrera de Enfermería en la Universidad Arturo Prat Sede Victoria

Ejercer la docencia en el área de la salud es habitar un espacio de profunda responsabilidad. No solo formamos profesionales; formamos personas que, en algún momento, estarán al cuidado de la vida de otros y, desde ahí, surge una pregunta que no siempre nos hacemos con la honestidad que merece: ¿Estamos formando para aprobar... o para transformar?

Como enfermera y docente universitaria, he sido testigo de un modelo educativo que, muchas veces, sigue centrado en la acumulación de contenidos y en la aprobación de evaluaciones. Estudiantes que estudian para rendir pruebas, que buscan la nota suficiente para avanzar, pero que no necesariamente logran integrar el sentido profundo de lo que significa cuidar.

En la práctica clínica, la realidad es otra. No hay preguntas de selección múltiple cuando una persona sufre, cuando una familia necesita contención o cuando las decisiones deben tomarse en contextos complejos y cambiantes. Ahí no basta con saber; se requiere criterio, humanidad y presencia.

Formar para transformar implica atreverse a cambiar la forma en que enseñamos. Significa abrir espacios para el pensamiento crítico, para el error como oportunidad de aprendizaje, para la reflexión sobre la propia práctica. Estrategias como la simulación clínica o la vinculación con la comunidad dejan de ser metodologías complementarias y pasan a ser experiencias esenciales para acercar al estudiante a la vida real.

Pero hay un aspecto aún más profundo que atraviesa la formación: la coherencia. No podemos hablar de autocuidado si normalizamos el agotamiento, ni promover la empatía desde relaciones pedagógicas distantes o autoritarias. Nuestros estudiantes aprenden tanto de lo que hacemos como de lo que decimos. Y en ese espejo, la docencia se convierte también en un acto ético.

En enfermería, cuidar no es solo aplicar técnicas; es establecer un vínculo, reconocer al otro en su dignidad y comprender que cada intervención tiene un impacto humano. Por eso, formar profesionales de la salud requiere algo más que transmitir conocimientos: exige formar conciencia.

Hoy necesitamos egresados capaces de adaptarse, de pensar críticamente y de comprometerse con las realidades de sus territorios. Profesionales que no solo respondan a protocolos, sino que también sepan cuestionarlos cuando sea necesario.

Tal vez ha llegado el momento de dejar de preguntarnos cuántos estudiantes aprueban, y comenzar a preguntarnos qué tipo de profesionales estamos formando, porque en esa respuesta no solo está el futuro de la educación, sino también la calidad del cuidado que, como sociedad, seremos capaces de ofrecer.


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