Estudio de investigador de la UNAP aporta evidencia científica sobre los efectos del manejo ancestral aymara en los bofedales

La investigación de un especialista de la Universidad Arturo Prat (UNAP) demuestra, mediante imágenes satelitales que integran  el conocimiento hidrológico y ecológico local, que el manejo ancestral del agua realizado por las comunidades aymaras favorece la recuperación de los bofedales altoandinos. El hallazgo no solo respalda con evidencia una práctica transmitida por generaciones, sino que abre nuevas oportunidades para enfrentar la crisis hídrica y el cambio climático.

A más de cuatro mil metros de altura, donde el agua define la vida, los bofedales emergen como oasis en medio del altiplano. Estos humedales almacenan agua, alimentan a llamas y alpacas y sostienen uno de los ecosistemas más frágiles del norte de Chile.

Según el biólogo Jorge Gonnet y otros investigadores, el manejo tradicional de los bofedales por parte de las comunidades aymaras consistía en distribuir el agua mediante canales y pequeños diques construidos con champas, porciones de suelo con plantas y raíces. Estas estructuras permitían ampliar la superficie húmeda y disminuir la velocidad del agua proveniente de las lluvias o el deshielo. Las champas se extraían principalmente de sectores afectados por erosión, sequedad o sobrepastoreo, y también de zonas donde el crecimiento excesivo de vegetación obstruía las vertientes.

No intentaban cambiar el paisaje, sino preservarlo. Sin embargo, hasta ahora no se había logrado documentar con claridad la posible influencia de estas prácticas ancestrales en la recuperación de los bofedales, un proceso en el que también intervienen diversos factores climáticos e hidrológicos. Con ese desafío en mente, el investigador y académico de la Universidad Arturo Prat, Sebastián Pacheco Mercado, impulsó una investigación que dio origen a la tesis de Ingeniería Civil Ambiental desarrollada por Melissa del Canto y el líder comunitario aymara Diego Araníbar, bajo su guía y la del académico Juan Segovia. Posteriormente, Pacheco profundizó este trabajo incorporando herramientas de teledetección e imágenes satelitales, logrando unir dos mundos que pocas veces dialogan: la sabiduría ancestral de las comunidades aymaras y la ciencia de vanguardia.

"La gran pregunta era si los efectos del manejo ancestral podían visualizarse y medirse técnicamente. Queríamos saber si era posible demostrar con evidencia científica lo que las comunidades observaban desde hace décadas", sostuvo Pacheco.

LA CIENCIA ESCUCHANDO AL TERRITORIO

La investigación se desarrolló en el bofedal de Turuna, en la comuna de Colchane, un humedal altoandino alimentado por las aguas de los cerros Lirima y Sillajuay. “Allí, la familia Mamani compartió la historia del manejo ancestral del agua, transmitida por sus ancestros, ya que solo podíamos documentar a partir de imágenes satelitales desde 1985 en adelante”.

Así a partir de entrevistas, trabajo en terreno y antecedentes de la iniciativa Más Agua de la Corporación Norte Grande, el investigador reconstruyó tres etapas del humedal: abandono, recuperación gradual y manejo intensivo.

Luego analizó 35 años de imágenes satelitales Landsat (1988-2023) para comparar la evolución de la vegetación con la historia relatada por la comunidad. “Los resultados fueron concluyentes, las zonas donde el agua fue conducida mediante manejo ancestral registraron una recuperación sostenida de la vegetación, muy superior a la observada en otros bofedales de la cuenca”.

Esto posibilitó al investigador darse cuenta que el conocimiento transmitido oralmente por la comunidad encontró correspondencia con la evidencia observada mediante imágenes satelitales. “En condiciones naturales, el agua circula principalmente por cauces y pequeños cursos, favoreciendo una superficie limitada de vegetación. Las canalizaciones construidas mediante prácticas ancestrales funcionan como verdaderas obras hidráulicas que permiten redistribuir el agua, extender la superficie de riego y optimizar su aprovechamiento, contribuyendo así a ampliar las áreas húmedas del bofedal”, sostuvo.

Más que confirmar un cambio en el paisaje, la investigación demostró que las pequeñas intervenciones desarrolladas por el manejo tradicional dejaron una huella visible incluso para los satélites.

EL FUTURO NACE EN EL PASADO

Los bofedales son fundamentales para la vida en la cordillera. Almacenan agua, regulan su disponibilidad durante las épocas secas, capturan carbono, protegen el suelo y sustentan la ganadería de camélidos. Para las comunidades aymaras, además, son parte de su cosmovisión y del equilibrio entre las personas y la naturaleza.

Para Sebastián Pacheco, el mayor aporte del estudio va más allá de la ciencia. "Conservar un bofedal no es solo proteger un ecosistema, también significa resguardar prácticas, conocimientos y formas de vida vinculadas al territorio"

El investigador destaca que la principal fortaleza del trabajo fue integrar el conocimiento local con herramientas de teledetección, lo que permitió reconstruir la historia del manejo del agua y demostrar sus efectos sobre la recuperación del humedal.

“Los resultados aportan nuevas herramientas para la restauración ecológica, la gestión del agua y el diseño de políticas públicas frente al cambio climático, demostrando que parte de las soluciones puede encontrarse en los conocimientos que las comunidades indígenas han preservado durante generaciones”.

La investigación ya comenzó a proyectarse internacionalmente. El estudio fue aceptado para ser presentado en el IX Seminario Internacional de Investigación "Conocimiento sin fronteras: uniendo territorios desde el sur andino", que se realizará entre el 26 y el 28 de agosto en Cochabamba, Bolivia. 

Este reconocimiento internacional pone en valor una investigación nacida en el altiplano de Tarapacá, donde la ciencia confirmó que el conocimiento ancestral puede ser una herramienta clave para enfrentar la crisis hídrica y climática.

 


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